EXPOSICIÓN CAC MÁLAGA LA CORACHA

http://cacmalaga.eu/2020/10/16/monica-vazquez-ayala-2/

 

 

TEXTO DE LA CRITICA DE ARTE E HISTORIADORA AMALIA GARCIA RUBI PARA EL CATÁLOGO DE "AUSENCIA"

 

 

MÓNICA VÁZQUEZ, EL INCONSCIENTE DESNUDO

Amalia García Rubí

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Cada uno de mis proyectos parten de un proceso en el que descubro mi inconsciente. Con estas palabras Mónica Vázquez comienza el texto de presentación de su exposición “Ausencia”, en las salas de La Coracha del CAC de Málaga. La artista afirma haberse enfrentado a uno de los retos más importantes de su carrera, tanto por la complejidad del espacio expositivo, dividido en dos plantas de considerables dimensiones, como por la indudable carga emotiva y también logística que ha supuesto  para ella el proceso de selección y ordenación de casi un centenar de imágenes fotográficas, muchas veces difíciles de extraer del contexto en el que fueron creadas, para ser reintroducidas en un entramado global cuyo resultado último pueda ofrecer al espectador una lectura de conjunto coherente y comprensible, sin por otro lado renunciar a los intereses fundamentales de la autora.

Ausencia, es por tanto y, antes que nada, la consecución de una andadura vital prolongada en el tiempo, jalonada de sucesos, emociones, reflexiones, caídas y remontadas, no siempre sencillos de sintetizar, ante los cuales Mónica Vázquez opta desde el inicio por dejar una vía de escape al inconsciente como ámbito eficaz de creación y recreación al tiempo que puente de unión del yo con la realidad. En ese contacto que trasciende lo aparente para alcanzar lo recóndito, la desnudez se hace cargo no solo de su fisicidad real, sino de su función comunicativa experimental, empírica, táctil: es la permanencia de nuestro cuerpo lo que hace posible la experiencia del mundo (…) Solo por medio del cuerpo franqueamos las barreras de nuestra individualidad y nos abrimos al universo de símbolos de la cultura

Una vez, pues, aclarado el primer significado del cuerpo como punto de partida en la obra de Mónica Vázquez, no tanto desde la idea de reinvención permanente, propia de las tendencias vinculadas al body art, sino entendiendo su entidad mediadora esencial entre mi ser individual y mi entorno natural o social, cabría en las páginas siguientes hacer un recorrido, siquiera sumario, por las distintas facetas temático-formales que la artista ha desarrollado a lo largo de su trabajo, teniendo siempre presente lo corporal humano como eje articulador de todas y cada una de las partes que configuran esta obra y en general un amplio segmento de su trayectoria creativa.

Antes de pasar a intentar desgranar los enigmas que esconden las fotografías de Mónica Vázquez, me gustaría hacer un apunte último sobre aquellos rasgos comunes, tanto desde una perspectiva puramente estética como desde un enfoque si se quiere más conceptual, que de manera casi obsesionante se repiten a través de varios léxicos, en las imágenes creadas por la artista a lo largo de los últimos años, las cuales hallamos extraordinariamente agrupadas en esta individual del CAC.

En primer lugar, el comentado recurso al desnudo como lenguaje en íntima relación con los lugares de ubicación, ya sean dados (paisajes, interiores) o artificialmente creados (escenografías-ambientes), adopta en estas fotografías una gran cantidad de registros formales, al tiempo que denota la necesidad de salvaguardar una continuidad visual mediante la repetición de ciertas estructuras compositivas. Entre otras, el juego de perspectivas, ya sean a la altura de los ojos o en fuertes picados, los enfoques desde lo más alejado hasta los planos más cortos y concentrados, el posado de espaldas y la ocultación del rostro de los modelos a veces deliberadamente “decapitados” por el encuadre, la aparente inmutabilidad expresiva de los protagonistas para incrementar la sensación de aislamiento de la acción, el movimiento congelado de las anatomías mediante el estudio de escorzados y tensionados casi manieristas, el estudio de reflejos, texturas y matices lumínicos que denota la importancia concedida a los detalles sensoriales, la cuidada disposición de los objetos/basura en un desorden ordenado horror vacui que agudiza el sentido de lo teatral mediante el attrezzo ornamental a veces lindante con lo kitsch. Estas últimas características especialmente manifiestas en la serie dedicada a los tableau vivant sobre mitos, dioses, héroes y fetiches literarios o artísticos, agrupados en Never be a Robot.  Por fin y de manera muy resumida, mencionar la extraordinaria capacidad de Mónica Vázquez para convertir lo real en imaginario y a la inversa, echando mano de la narración fragmentada, las asociaciones semánticas y el poder simbólico de la representación, construyendo territorios de confluencia entre dos contrarios siempre yuxtapuestos: el ser perdurable y el ser mudable.

 LA ESPERA Y EL ABANDONO

Tal y como nos cuenta la propia artista, el título “Ausencia”, retomado de la obra en blanco y negro que abre la exposición, en la que un joven taciturno, sale de una silueta de cartón toscamente fabricada, emulando su propia sombra tétricamente triste, tiene que ver con un hecho personal contradictorio, descubierto casi por azar, que inopinadamente llevó a la artista a experimentar el sentimiento de “culpa”. Este pensamiento taladrador transferido en la cultura judeocristiana a la noción de “pecado” se halla muy ligado a la experiencia de mujer-madre (mala madre), encabezamiento de una serie de imágenes relacionadas con las consecuencias provocadas por el abandono familiar. Sobre el sentimiento de culpa, ya Freud argumentó que, en nuestra cultura, el sentimiento de culpabilidad se impone a la conciencia con excesiva intensidad (…) Además de explicar su causalidad como una necesidad inconsciente de castigo.  Para concluir que el comportamiento errático del que a menudo no somos conscientes, engendra inexorablemente otras variantes internas como la “angustia”, el “miedo” o el “remordimiento” (en relación al pecado). Y en esta cadena de causa-efecto, la severidad del super-yo (la conciencia) produce la angustia subyacente a todas estas relaciones (…) el impulso a la destrucción interna . La autodestrucción como modo de paliar nuestro sentimiento de culpabilidad, al tiempo que la lucha del yo por liberarse de su yugo, se halla también latente en las intenciones interpretativas subliminales si no claramente explicitadas en una obra que nos sitúa siempre al borde del abismo, entre dos polos contrapuestos, la luz y la oscuridad, el amor y el odio, la vida y la muerte.

EROS Y THANATOS, DE AMOR Y MUERTE

Detrás de muchas de las imágenes agrupadas en la amplia serie “Lugares Abandonados, Testigo y Ermitaño” , a mi juicio una de las más interesantes aportaciones de esta exposición, aparece de soslayo ese “oscuro objeto de deseo”, el erotismo y su negación como búsqueda subconsciente, una de las emociones más contradictorias y con mayor impacto e influencia en la historia del arte, tanto desde su calidad de recurso mitológico como en aquello que ahora más nos interesa: su expresión profunda del ser dual o el desdoblamiento de identidades plasmado en el pensamiento rimbaudiano “Yo es otro”.  

Eros y Thánatos es sin duda el mejor reflejo de los instintos freudianos básicos que Bataille llevó a lo subversivo embriagador dando una vuelta de tuerca más al depredador e incitador desencadenamiento de deseos humanos. Un tema que de manera casi involuntaria nos conduce de lleno al surrealismo y sus concesiones sobre lo bello libérrimo y lo destructivo horripilante. O como mejor explica el siguiente párrafo de O.J. González Molina en su ensayo sobre Historia del Ojo: El placer unido a la muerte, el Eros entrelazado con el Thánatos, despliega la perversidad humana que se resume en ese sentimiento límite que nos instala en una situación ambigua, donde experimentamos con igual ahínco y fascinación tanto el goce extremo como el dolor lacerante.

“El miedo al abandono, amontona basura emocional y lleva a la decadencia”, nos recuerda Mónica Vázquez. Sin embargo, podríamos añadir que, frente a ese temor racionalmente interiorizado y plasmado en cuerpos desvalidos, extraviados e incomunicados, aparecen otros extrañamientos subconscientes abiertos a emociones como pudieran ser la atracción fatal hacia lo abismal y siniestro, el viaje hacia el mundo desconocido de los sueños o el poder de seducción de lo prohibido, donde se hace patente la mirada testimonial e indiscreta del ojo-vouyer (“testigo ocular”), al que debemos contraponer “el ojo en estado salvaje” prefigurado por André Bretón, es decir, aquél que existe liberado de todo prejuicio o convención. Una verdad surrealista que, huelga decir, fluye de manera natural e imparable a lo largo de toda esta exposición. Pero también el ojo que duerme, y ve en la oscuridad mundos vetados a los sentidos. El surrealismo reivindicó el sueño como “la otra mitad de la vida”: un espacio de afirmación, no sólo del deseo, sino de todo aquello que no conseguimos alcanzar mientras estamos “despiertos”. Un arco que fluye: eros, luz, conocimiento

MUJER DURMIENTE, EL SUEÑO DE ARIADNA

La poética del sueño, toda vez que se ha desvelado como elocuente inspiración del surrealismo, es sin duda una de las constantes más evidentes en la obra de Mónica Vázquez. La mujer durmiente, está presente en las delicadas imágenes que configuran el apartado Sobre la Vulnerabilidad, extensible, asimismo a otras series como Seguir sonriendo o Sobre la luna. Por no citar algunos títulos de obras aisladas donde la palabra “sueño” aparece rotulada, como El Sueño de Rousseau, dentro de las revisiones que hace la artista sobre la historia del arte, dedicada en este caso al pintor Henri Rousseau, El Aduanero, quizá la más célebre figura “protosurrealista”, admirada por pintores y fotógrafos como Ernst, Carrington o el mismo Breton. La actividad del sueño era considerada altamente productiva por Breton y sus seguidores, desde aquel famoso aforismo, “No molestar, el artista trabaja”, hasta las intrincadas conexiones del subconsciente que rigen un arte a pleno rendimiento, desconocido para la mente despierta. Soñar con los ojos cerrados y también abiertos, parecen hacer las mujeres y hombres de Mónica Vázquez mecidos por extraños vaivenes accidentales que escapan al devenir del tiempo de vigilia. En ese viaje interior, nos asalta el deseo irreprimible de surcar mundos psíquicos no menos reales, como hicieron las primeras fotógrafas liberadas del relato “coherente “(Cahun, Miller, Oppenheim); territorios revelados solo parcialmente por el estado de letargo que produce el ensueño. Atrapados en las redes invisibles del pensamiento semiconsciente, vaciadas sus mentes de toda existencia sobrevenida, los protagonistas de esta obra caminan espectrales, se detienen, se alzan, danzan, contonean y estremecen, para finalmente caer rendidos sobre sí mismos, presos del recelo, quizá, a dar el salto definitivo. La sordidez del paisaje derruido, la habitación fría y anodina, el espejo o el diván, son su última vía de escape, para vencer toda negación, toda censura. Es la catarsis de Ariadna en su lecho de amor, la copa rebosante de néctar ambrosiano la que se esparce subyugante en el festín del sueño fortalecedor y la siniestra pesadilla reconfortante. Pero también la asfixiante sensación de debilidad y desprotección insoportable, un ahogo que permanece, sin remedio, en el encierro de la vida. Ante todo, mis sueños son un licor, dirá Artaud en “El soñador defectuoso”. Y continúa: Ni en la vida de mis sueños, ni en la vida de mi vida, alcanzo la altura de ciertas imágenes. Todos mis sueños carecen de salida, de fortaleza, de plano de la ciudad … El grito de Artaud es una batalla constante contra la representación de la vida tal y como se piensa, su antirracionalismo encuentra en lo corpóreo de lo soñado el otro saber ilógico fruto de la experiencia intensa del ser en su mismidad.  También el grito sordo de estas esposas, amantes, madres e hijos absortos en lo insólito del mundo alrededor, expresan el punzante y vertiginoso eco primordial de la vida.

DEL LABERINTO A LA HABITACIÓN VACÍA

 La sensación de enclaustramiento laberíntico que muestra a los seres dolientes de Mónica Vázquez incapaces de su liberación total, es otra de las constantes que se transmiten con mayor sutileza y al mismo tiempo de manera muy vehemente en la mayoría de estas fotografías.  Ya sea a través de juegos de espejos que esconden realidades ambiguas, ya se desprenda de la carne huidiza convertida en estatua, maniquí, reflejo, ya por medio de habitáculos angustiantes, paredes desconchadas, cristaleras, redes, cajas de cartón que obligan a contorsiones imposibles… En todos los casos, el desasosiego viene provocado por la inconclusión de una acción que parece volver una y otra vez al mismo punto de partida, una espiral infinita que se sucede a través del tiempo-espacio circular, un eterno retorno hipnotizante y aterrador. En esa nueva dimensión que abraza la aparente normalidad de estas imágenes, la incertidumbre se cuela por entre las luces cálidas-gélidas de una habitación sin vistas, cuyas ventanas vermeerianas iluminan a duras penas el tálamo desecho, de sábanas todavía calientes, creando un efecto de naturalismo fotográfico insospechado.

Nos estamos refiriendo al conjunto de fotografías de La salita verde… una de las últimas secciones de esta espléndida exposición que hablan del vacío, de la nada que deja la muerte tras su paso. Aquí sobrevuela una atmósfera de realismo oprimente, cuyo misterio casi cinematográfico no encontramos de manera tan esclarecedora en otras obras. La ventana pone indirectamente en conexión exterior e interior siendo al mismo tiempo frontera infranqueable, un elemento de extrañamiento que deja en suspense lo que hay al otro lado. El enfoque en perspectivas cortas y estáticas, frontales o levemente altas, transmiten de antemano el silente reposo propio de cualquier estancia doméstica. Asimismo, las luces tamizadas por transiciones que van de la intensidad casi cegadora del vano al claroscuro de zonas interiores de la habitación, dan una sensación de espacio verdadero, humano, vivido. Hay además,  en todas estas imágenes de serena nostalgia, un diálogo de carga dramática entre los objetos y su memoria, que agudiza el componente metafórico de lo común a través de su intencionada personalización.Y en definitiva, como ocurre con todas y cada una de las obras que conforman la individual de Mónica Vázquez en las salas del CAC, está el esfuerzo sincero de una fotógrafa con carácter, cuya meta última es llegar a las entrañas mismas de su realidad, y hacerlo sin cortapisas, a través del conocimiento de la imagen artística y su dimensión más allá del mero valor de culto. O como dijo Benjamin:  Con la fotografía, el valor de exhibición comienza a vencer en toda regla al valor ritual del arte .

                      

                                                                             Septiembre 2020

 

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José Jiménez, Imágenes del hombre, Fundamentos de estética. Madrid 1986, p. 100

Sobre este tema, véase Patricia Mayayo, La reinvención del cuerpo, en Tendencias del Arte, Arte de Tendencias, Ensayos Arte Cátedra, Madrid 2004/2009 (2ª ed.), pp. 86-87,

Sigmund Freud. El malestar en la cultura y otros ensayos. Madrid, 2006. Ed. Alianza, p. 116

Ibídem, p. 117

Oscar Javier González Molina, La oscura búsqueda del placer: una aproximación a los caminos del Eros y el Thánatos en la Historia del ojo de Georges Bataille, p.23

Citado por Francisco Calvo Serraller, en su ensayo La teoría artística del surrealismo, dentro del libro El surrealismo, dirigido por Antonio Bonet Correa, Ed. Cátedra, Madrid 1986, p. 44

José Jiménez, Somos plenamente libres, catálogo de la exposición sobre Las mujeres artistas y el surrealismo, Museo Picasso de Málaga, 2017, p.149

Antonin Artaud, El Arte y la Muerte/ Otros escritos, 1929. En ed. Caja Negra, Buenos Aires 2005. p. 95

Walter Benjamin, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, México D.F 2003. p.58


 

©2020 by Mónica Vázquez Ayala.

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