LA CICATRIZ DE LOS INOCENTES

Hace casi veinte años que fui por primera vez al CYD Santa María (Santuario de Caballos) y me impresionaron las historias detrás de cada animal dignas de película de terror ; a uno de los potros lo habían desollado, a otros, navajazos, balazos, puñetazos, apuestas de peso sobre el lomo hasta deslomarse o desplomarse, partos seguidos, experimentos, prácticas de ayuda al parto en la universidad... Lo más suave eran los abandonos tras toda una vida de fidelidad, por llegar a ancianos. Humanos que probablemente habían tenido una infancia traumática o una educación sin amor ni empatía habían sacado su lado más oscuro para descargarlo contra el animal. Pero lo que más me conmovió fue la recuperación de estos animales, que lejos de tener miedo o resentimiento hacia nuestra especie, mostraban el más puro y sincero agradecimiento. En el proyecto que inicié 19 años después, quise captar la FELICIDAD (de los equinos) en su nueva vida y la sensación de estar a salvo que se respira en el santuario , pero el resultado no fue el esperado; mi cámara, como una máquina de rayos x, captó las marcas profundas que quedaban, en lugar de escenas idílicas. Ahí quedaba la memoria de su anterior vida y por más que hubiesen pasado años, y por más que hubiese cicatrizado la herida de la mayoría de los caballos, el objetivo captó esa sensación de impotencia y esa tristeza del ser al que le arrancan la inocencia, pero le prevalece la pureza.

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